¿Deseas lo que quieres o quieres lo que heredaste?

Durante un tiempo he indagado en por qué actúo como actúo. Os aseguro que este proceso no es un camino de rosas; es un tránsito que requiere tiempo, silencio y, sobre todo, una honestidad brutal. Pero los frutos que estoy cosechando hoy me confirman algo que la inmediatez de este mundo intenta ocultarnos: todo lo que realmente merece la pena en esta vida lleva su tiempo y su esfuerzo.

No creo en el sacrificio vacío, pero sí creo en el equilibrio de saber que hay momentos donde toca atravesar el dolor porque es necesario. Es ese dolor “fértil” el que nos saca de la repetición y nos lleva a lugares mágicos e inesperados.

He pasado meses reconstruyendo la historia de mis antepasados. Esto me ha permitido descubrir historias maravillosas —y otras no tanto— de personas que ni siquiera conocí. ¿Cómo es posible que haya adquirido patrones de mi abuela materna si falleció años antes de que yo naciera? Es asombroso, pero la mayoría de las decisiones que tomaba ya estaban tomadas por mi sistema mucho antes de que yo fuera consciente.

En esta vida frenética, he tenido el valor de parar para trabajar sobre mi epigenética y sobre mí mismo. He empezado a comprender mis miedos, inseguridades y deseos para hacerme la pregunta definitiva: ¿realmente son míos? No pretendo culpar a nadie ni victimizarme; ya hice eso durante mucho tiempo. Entiendo que mi entorno hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía. Hoy, creo que no hay mayor responsabilidad que conocerse a uno mismo para romper esos patrones impuestos y ofrecer una versión propia, no heredada, al mundo.

Todos nacemos con una herida epigenética. Pero realmente nadie está «roto», simplemente venimos con un mapa espachurrado por el tiempo y las vivencias de otros. De nosotros depende pararnos, trabajar en estirar ese mapa y suavizar sus arrugas para poder visualizar, por fin, el camino que realmente queremos recorrer.

El cuerpo como búnker de la memoria

Pero, ¿cómo se rompe un patrón grabado en nuestro cuerpo? Podemos pasar años en la superficie intentando «corregir» nuestra conducta, pero el síntoma es terco. Os lo digo porque yo también he estado ahí; yo también he sido el que huye. Y he aprendido que si tu sistema nervioso está programado para la huida, el cuerpo siempre llegará antes que la razón.

Tras más de seis años de terapia psicoanalítica, me he convencido de que es el único camino real para transformar estos patrones. Necesitamos volver al pasado —y no solo al nuestro— para desenterrar lo que quedó dicho a medias, para no seguir repitiendo la misma historia en nuestro presente o futuro. El psicoanálisis no nos da consejos para dejar de correr; nos invita a bucear en qué verdad estamos silenciando cada vez que nos vamos.

Sin embargo, para que la palabra sane, primero hay que pacificar el organismo que la sostiene. Mi propuesta es un equilibrio entre la mente y el cuerpo. Y como yo no soy psicólogo ni psicoanalista, pero creo que todo va conectado, podemos comenzar con un reseteo desde la base: liberar la tensión de los pies para que, por fin, la mente tenga el silencio necesario para escucharse. ¿Y si realmente todo empieza en los pies?

Este es mi primer paso para habitarme de nuevo.

¿Te habitas o te evitas?

¿Y el tuyo? ¿Estás dispuesto a escuchar lo que tu cuerpo intenta decirte mientras tu mente sigue huyendo? ¿Te atreves a mirar atrás para decidir, por fin, hacia dónde quieres caminar?

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