BLOG DÍA 2. ¿Estás construyendo un cuerpo fuerte o solo una armadura para que nadie vea que estás colapsando?

Inviertes meses en rehabilitar una lesión, pero ni un minuto en entender por qué estás roto por dentro. Nos parece lógico acudir al fisioterapeuta por una sobrecarga muscular, pero nos parece una debilidad o una incomodidad ir al psicoanalista por una sobrecarga emocional.

La caída que no vi venir

Hace cuatro años me fracturé el brazo. Podría parecer un accidente más, pero fue la primera vez que la vida me exigió parar. En aquel momento, intenté buscar el lado bueno: aprendí a usar mi mano no dominante, trabajé la paciencia y el autocuidado. Pensé que lo estaba gestionando de forma impecable.

Pero me mentía. Estaba construyendo una máscara de independencia absoluta. Me hacía el “fuerte” ante una situación que requería quedarme quieto y atravesar el dolor —más mental que físico— del que no me estaba dando permiso. La armadura me quedaba «de locos», pero no era consciente de que solo estaba entrenando a mi psique para ser más débil.

El peso de las máscaras

En estos últimos meses de introspección profunda, he comprendido cuántas capas añadí para no mostrar mi vulnerabilidad. Pensé que la fuerza era la resistencia, cuando la verdadera fuerza ha resultado ser la capacidad de mostrarme roto ante quienes me han acompañado en este proceso. Al «entrenar» en mis profundidades, la carga de esa armadura ha empezado a caer amablemente. He dejado de huir.

La trampa de la «huida positiva»

La evitación hoy está a la orden del día. Es fácil detectar el parche en el alcohol o el sedentarismo, pero es mucho más difícil verlo en las conductas que la sociedad premia. Hablamos de la anestesia de alta fidelidad:

  • Redes sociales y la falsa presencia: Yo he estado ahí. No es solo el «scroll» infinito para anestesiar el cerebro; es la incapacidad de vivir el momento por estar fabricando la foto. Si estás más pendiente de cómo se ve tu vida en una pantalla que de cómo se siente en tu piel, estás huyendo. La cámara se convierte en un escudo entre tú y la realidad.
  • Viajar sin descanso: Vendido como «descubrir mundo», cuando a menudo es solo una huida geográfica. Cambias de paisaje para no tener que cambiar de pensamiento. Si viajas para no pensar, el paraíso es solo una celda con mejores vistas.
  • El entrenamiento obsesivo: Acudir al gimnasio para silenciar el ruido mental en lugar de escuchar qué intenta decirte.
  • La productividad tóxica: Trabajar o leer sin pausa para no dejar ni un segundo de silencio a solas con tu verdad.

No sirve de nada tener un cuerpo capaz de recorrer el mundo si la mente que lo guía solo quiere huir de sí misma.

Está bien entrenar para conectar con uno mismo, pero sin un trabajo real de introspección —indagando en nuestro pasado, en nuestra infancia y en los patrones que hemos adquirido— el entrenamiento se queda incompleto. Es solo otro parche, otra forma de moverte para no sentir que estás estancado por dentro.

¿Te habitas o te evitas?

Me gustaría que te replantearas lo siguiente: aquello que haces cada día para «estar bien»… ¿Lo haces porque realmente quieres o porque te ayuda a no pensar en el problema de verdad?

Tarde o temprano, tendrás que afrontarlo. Por eso te pregunto: ¿Crees que estás ganando “fuerza real” o solo estás corriendo más rápido para que tus fantasmas no te alcancen?

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